El problema no fue la pandemia, fue la vacuna

Aún recuerdo cómo comenzó todo.

Y no me refiero a la pandemia en sí, sino a lo que vino después.

Aquel 2020, año aciago, solo fue el principio. Gobernantes de todo el planeta se afanaban, obsesivo compulsivamente, en asegurar a sus ciudadanas y ciudadanos que todo pasaría en algún momento. Que la ciencia encontraría la cura. Que la economía se recuperaría. Que la ciencia encontraría la vacuna, la dichosa vacuna…

Así fue. O así parecía que iba a ser.

A finales de 2020, presidentas y presidentes de todos los gobiernos de las naciones del planeta, resonando como timbales, cacareando como gallos al amanecer, proclamaban que ya, que ya existían vacunas, que a principios del año 2021 empezarían a vacunar, masivamente, a toda la población.

Tuvieron el desafortunado y obsceno atrevimiento de asegurar algo que era imposible de asegurar. Ante los primeros indicios, no contrastados científicamente por terceros, de vacunas que parecían funcionar, se desató la locura mediática y comunicativa del ya famoso y funesto: “Ya hay vacuna, ya hay vacuna”.

La obsesión de los gobernantes no tenía que ver, realmente, con la salud de las personas. Su fervor enfermizo por tener algo que inyectar a ciudadanas y ciudadanos con la esperanza de que todo volviera a la “normalidad” era, más bien, inducido porque sus amos, los dueños del capital, estaban locos porque la gente volviera a salir en masa, a trabajar, a comprar, a gastar, a hacer circular el dinero, el dinero, el maldito dinero, el dinero…

Y así pasó. Así sucedió. O, mejor dicho, así comenzó a suceder.

En efecto. Las primeras dosis de las vacunas se empezaron a inyectar a grandes cantidades de población en el primer trimestre de 2021. Y siguió el segundo. Y siguió el tercero.

Para finales de 2021, una gran parte de la población mundial estaba “vacunada” contra el Covid-19.

Hubo mucha resistencia por parte de un sector importante de la población, como era de esperar. Ante esta circunstancia, que los avaros gobernantes y sus dueños no quisieron creer que sucedería, decretaron la vacunación obligatoria. La obsesión por volver a poner en marcha, a pleno rendimiento, la maquinaria capitalista les había hecho enfermar, cegarse, no escuchar, no pensar, solo actuar.

Aquí empezaron los primeros problemas graves. La capacidad represiva y coercitiva de los estados, entonces, era altísima. Las distintas policías parecían más militares, robo-cops, que policía para proteger a las personas. Estas, las distintas policías, se emplearon a fondo de manera violenta para, de hecho, secuestrar a las personas e inocularles las vacunas en contra de su voluntad.

Borrachos de poder, los gobernantes y sus amos, los dueños del capital, creyeron que tenían o tendrían la situación bajo control. Craso error.

Primero fue la huelga general, pero de las de verdad, salvaje y sin servicios mínimos, de los sectores sanitarios en distintos países. Hartos de ser menospreciados, maltratados, malpagados y explotados, las médicas, médicos, enfermeras, enfermeros y demás personal sanitario decidieron dejar, de repente, de trabajar. A esto se unieron los reparos éticos que tenían muchos profesionales de la salud para administrar vacunas que no habían sido probadas ni de las cuales se podía asegurar su idoneidad, su seguridad y su efectividad.

La policía militarizada, con uniformes negros y azules, de aquella época, tuvo que redoblar su trabajo para obligar a sanitarias y sanitarios a ejercer sus funciones.

Pero hete aquí que los avaros gobernantes y sus dueños, los amos del capital, midieron mal sus fuerzas y se creyeron ostentadores de un poder que, realmente, no tenían: por mucho dinero que tengas y por muchas leyes que apruebes, nada ni nadie pueden luchar contra la Naturaleza, primero y nada ni nadie puede controlar una situación con tantas variables desconocidas, con tanto nivel de incertidumbre y con tanta gente en contra.

Las reglas que habían regido el mundo hasta entonces, habían cambiado disruptivamente y la ceguera y prepotencia de los gobernantes y sus dueños les impidieron reaccionar adecuadamente.

Aquello inició su fin.

Empezaron disturbios de importancia, al principio, aislados pero rápida y exponencialmente, aquellos disturbios se fueron comunicando, coordinando y magnificando.

Se inició lo que se puede calificar como la Revolución con extraños compañeros de viaje. Mucha gente de diferentes ideologías, o con ninguna, pero con una pulsión común: sobrevivir, colectivamente, porque el ser humano sólo puede sobrevivir colectivamente.

Las fuerzas policiales se vieron, totalmente, desbordadas. Es más. Ante el panorama de inoperancia e inutilidad de todas y todos los gobernantes, en general, unos cuantos de ellos se unieron a esta Revolución con extraños compañeros de viaje.

Mientras los gobiernos de todo pelo dudaban si sacar o no al ejército a las calles, la gente fue avanzando en sus conquistas. Los saqueos aislados pasaron a convertirse en organizados para garantizar las condiciones mínimas de vida para cada vez más personas, las que se iban uniendo a esta Revolución con extraños compañeros de viaje.

Se fue creando un sistema defensivo para oponerse efectivamente a las fuerzas de seguridad del estado, con el objeto de ir protegiendo, cada vez, a más parte de la población.

Los medios digitales fueron una baza muy importante en el triunfo de esta Revolución inaudita e histórica. Muchísimas de las personas implicadas en ella tenían lo que luego se llamó el poder de las máquinas: eran personas altamente cualificadas en las disciplinas digitales, capaces de montar sistemas de comunicación, infraestructuras digitales y tomar el control de otras.

Así surgió lo que ahora se llama Cibercracia: el poder ya no está en el dinero, que ya no existe. El poder está en el Conocimiento.

Pero aún quedaba un amargo cáliz que tragar.

Mientras la Revolución iba avanzando y se iba tomando el control efectivo de distintas zonas del planeta, sucedió lo que mucha gente se temía, lo que mucha gente había denunciado previamente, lo que los avaros gobernantes y sus amos, los dueños del capital, todo el tiempo se negaron a reconocer ni tener en cuenta: los efectos secundarios de las vacunas.

Eran vacunas de nueva tecnología, basadas en ARN, no probadas, no seguras.

Muchas de las personas vacunadas, a los pocos meses, empezaron a desarrollar una respuesta autoinmune fortísima. Prácticamente, morían en el acto, una vez la reacción genético-alérgica, como se llamó después, se desataba.

Aquello sí que fue una masacre mundial, mucho más que la de la pandemia de 2020.

A mediados de 2022, a causa de los efectos secundarios de las distintas vacunas, la población mundial se redujo un 33%. Y prácticamente de golpe, en unos pocos meses.

Esta fue la terminación definitiva de las sociedades, tal y como las conocíamos hasta entonces, y el final definitivo y total del capitalismo. Total y definitivo fin del capitalismo.

La mayoría de la maquinaria industrial del planeta Tierra se paró, pero esta vez, para siempre.

La mayoría del consumo energético planetario terminó, pero esta vez para siempre. El consumo de energía de la Humanidad, se redujo al 10%, si, al 10% de lo que consumía la Humanidad a principios del año 2020.

Los cielos se limpiaron. Las aguas se purificaron. El efecto invernadero fue mitigándose de manera extremadamente notable. Cesó la explotación obsesivo compulsiva de los recursos del planeta.

A finales del año 2022, el dinero, como tal, dejó de existir. No me refiero solo al papel moneda o el dinero, en concreto. Todo sistema financiero basado en el valor de algo, se extinguió para siempre.

De repente, todas las grandes fortunas del planeta, dejaron de existir porque el poder sobre el que se sustentaban había dejado de tener valor: el dinero y todo producto financiero. Todo.

Aún recuerdo cómo comenzó todo.

Aún recuerdo cómo ser reinició la Humanidad.

Adoranser

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El problema no fue la pandemia, fue la vacuna

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